El otro día me invitaron mis chinos a cenar. Mis compañeros
de la oficina (no los he contado, pero somos en torno a 10) hablamos de los
chinos ya como si fueran nuestros. Mi contraparte en la empresa china me sacó a
cenar a un restaurante que está justo debajo de la oficina. Veréis, como se
puede ver en Linkedin, ahora mismo trabajo en la sede en Cantón de una de las
empresas más grandes del mundo. La torre homónima de la empresa tiene 39
plantas, me parece, porque como en todos los edificios grandes, los ascensores
van por tramos y nunca lo sabes bien. Debajo tiene un centro comercial de
cuatro plantas, que no es en plan ¡Oh Dios mío, cuánta tienda!, pero en Madrid
en el bajo de la oficina hay una máquina de café. Las comparaciones son
odiosas.
Sigo con mis chinos. La cena me sirvió para conocerles mejor
como personas, porque no hablamos ni un minuto de trabajo. Mi grupo de gente es
bastante majo. El líder es un poco toli y le dan por todas partes y él no las
ve venir, pero tiene un par de chavales bastante espabilados que me sacan de
muchos apuros porque hablan un inglés comprensible para el oído extranjero, y
me absorben el conocimiento como auténticos chinos que son.
Otro día hablaré de la comida en sí misma, hoy me voy a
limitar a los chinos. Hace poco un amigo me pasó un link a este blog, y me llamó
mucho la atención su comparativa ente lo que había sido su infancia en España y
la de su mujer en China. Me encantaría haber visto aquella China de los 80, con
todo el mundo vestido de azul con el mismo corte de pelo, que supongo que aún
hoy les marca a todos los que la vivieron. Mis chinos tienen alrededor de 30-35
años, aunque no lo sé exactamente por razones que dan para otro post, así que
son hijos únicos. Hay un par que no, porque son de pueblo, y en algunos sitios
si tenías primero una hija, como no podía ser de ayuda en el campo, te dejaban
tener otro. Claro, como hijos únicos, son en los que los padres vuelcan todas
sus esperanzas, y creo que de ahí les viene la presión social. Hay que casarse,
lo primero que me preguntaron fue qué pensaba mi marido de que estuviera aquí.
Y para casarse, los hombres tienen que tener una casa en propiedad, porque si
no, no consiguen novia. Les sorprendió bastante cuando dije que ni estaba
casada ni pensaba estarlo, pero que vivo con mi novio y la casa es de alquiler
y así lo va a ser hasta el final de los tiempos. Y por supuesto, mi novio se
resigna a que yo esté aquí, qué se le va a hacer con los tiempos que corren;
pero dejarme, me deja venir, ¡faltaría más!
La presión que tienen ellos para casarse es brutal. Mi china
favorita tuvo una cita el otro día, porque está soltera, y casi le hacen fiesta
los compañeros de la oficina, que a mí, si me lo hicieran, me jodería. Es
posible que en España eso se haya relajado un poco también por influencia
extranjera, pero aquí de eso no hay casi. Sí, hay McDonalds y Starbucks, pero
la cultura es 100% china. Aunque lo de la pobre china parezca machista (el
machismo también da para otro post), no lo es al cien por cien. Seguro que le
pasó lo mismo al chico con el que quedó.
Otra cosa que no pasa en España entre la gente joven es que
los chinos no quieren cambiar de trabajo. De nuevo, estoy convencida que para
los padres de todos estos hijos únicos es un honor tener a tu hijo trabajando
en la empresa ésta de ingenieros, pero oye, la única manera de que te suban el
sueldo o te mejoren las condiciones en Europa, al menos, es cambiando de
trabajo. Ellos sueñan con jubilarse aquí, y yo de pensar en hacer la misma tarea
cuarenta años, en el mismo puesto, me muero del aburrimiento.

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